• 18/06/2024 09:06

Múltiples Existencias: Una pareja perfecta (por Manuel Diaz)

«Empieza con la historia de una pareja perfecta. Ella es una artista, hermosa, con una cara tan dulce que daría ganas de consolarla aunque no esté triste… Se dedica a hacer esculturas, pintar cuadros y cosas del estilo. El tipo, su marido, es un capo. De estos que siempre sonríen y le caen bien a todos, que conquistan a la gente solo con su presencia. ¿Un ganador, viste? Siempre tiene la palabra justa en el momento justo. Viste estos tipos que cuando hablan, los demás dicen: “Claro, tiene razón”. A parte, es una buena persona. Por eso la mina está enamorada de él. – empieza Miguel mientras pasa las cajas, de a una, a Fernando, para que las acomode.

-¿Y qué pasa después?

-En el barrio cheto donde ellos viven, hay una mujer que desaparece. Es de una pareja de vecinos que apenas conocen. Nadie sabe nada de ella, la buscan en la tele y todo el show. Entonces aparece otro tipo, un detective. Viste los que investigan y siempre hacen la pregunta que hace pisar el palito, bueno, así. Le ves y entendes que en algún momento se le va a escapar un indicio a alguien y que él va a estar ahí y descubrir al culpable. Entonces, empieza a preguntar por todo el barrio si vieron a la chica, si la conocen, etc…, y va a la casa de la pareja que te decía. Les hace un montón de preguntas y se va. Después, por casualidad, se cruza de nuevo con la mujer, la que es artista, un día que ella expone cuadros en una galería de arte. Pasa que al tipo también le gusta el arte, ¿viste? Estas casualidades. Bueno, lo que pasa es que la mina se engancha con el detective. Al poco tiempo, tienen un romance, un encuentro pasional, de estos amores incandescentes que solo suceden en las pelis. –termina Miguel con tono teatral. Fernando, que tiene veinte años menos que él, salta automáticamente:

-¡Bueno, pará un poco!¡ En la vida real, eso también pasa, a veces… A mí, por ejemplo…

-Y cuando van a terminar con este pallet? Si hablaran menos ya estaríamos! – vocifera Gonzalo, el supervisor del depósito, mientras se ceba otro mate lavado, medio sentado con una nalga apoyada sobre una butaca de madera, frente a un ensamble caótico de tablas que quiere parecerse a un mostrador, en la entrada del depósito, mientras controla los remitos, todos desparramados alrededor del termo.

-¡Qué pesado que está, hoy! ¿Que le pasa? ¡No la puso anoche parece!

-No como vos, que me ibas a decir que es pura pasión en tu casa! Le responde Miguel con una carcajada.

-¡Obvio que si amigo, fiesta todos los días! ¿Y sino qué?… La vida es una sola. – prosigue Fer, con un orgullo mal fingido, pero gracioso al fin. Desde lo alto de sus veintinueve años, pretende conocer la vida mejor que nadie. Sin embargo, nunca salió del barrio, salvo para ir a pescar alguna que otra vez con un tío medio borracho.

-Bueno, te felicito, porque la verdad es que, con el paso de los años, algunas cosas cambian, en la pareja… – agrega Miguel simplemente, sonriendo como un desgraciado. El segundo hijo te aniquila lo que el primero te dejó de fuerzas, ya verás.

-¿Vamos muchachos, terminan con este pallet de champú, o qué? Después tenemos dos de insecticidas todavía.

-¿En serio? Que hijo de puta este Gonzalo. Él puede tomar maté cuando quiere y nosotros acá moviendo cajas… al fin, ¿cómo sigue la historia?

-Lo de siempre: la mina y el detective se enganchan, el marido empieza a sospechar, aunque no estamos seguros hasta el final y, mientras investiga el detective, aparece un vínculo entre el primer tipo – el ganador- y la chica que desapareció. Parece que fueron novios en el pasado… El detective, obviamente, le cuenta a la artista, quien ahora es su amante. Le dice que hay algo turbio entre su marido y la mujer desaparecida. A ella le sorprende, porque nunca le había hablado de esta chica. A partir de ahí, el marido empieza a parecer sospechoso. Y su mujer empieza a asustarse.
Miguel sigue contando la historia a Fernando, mientras terminan de ordenar en los estantes las cajas de champú, crema de enjuague y acondicionador para el pelo.

-Listo muchachos, tómense una pausa, cinco minutos. Voy a traer el siguiente pallet, – pronuncia Gonzalo, un gordo siempre malhumorado, que lleva puesto el mismo pulóver desde que empezó el otoño, y un pantalón gris muy desgastado al nivel de las rodillas.

-Y todo esto en un barrio lindísimo, sabes – continúa Miguel resoplando, cansado y con ganas de irse ya -, las casas grandes con madera pintada de blanco, como tienen allá los yankees. Con los patios prolijos, el pasto bien cortado y las calles anchas. Los autos todos enormes. Dame agua, ¿querés? No traje mi botella, me olvidé.

-¿Para tomar del mismo pico, estás loco? ¡Búscate un vaso!

-¡Qué vaso, si acá ni hay papel en el baño! Dame tu botella y listo, no te vas a morir.

-Dale, tomá. Después limpio con mi remera.

-¡Tú remera está más sucia que el piso del depósito! ¿Qué vas a limpiar con eso? ¿Después te quejas que quiero tomar del pico? Te hago un favor todavía.
Se ríen los dos de su ocurrencia, pensando en las casas grandes, el detective y la excitación de tener una amante. Ellos viven en casas pequeñas y por suerte tienen una moto de marca china para moverse e ir a trabajar.

-Dale, dice Fernando, seguí contando la peli, que nos queda un montón todavía.

-Obvio que sí, te sigo contando. Si no fuera por estas historias, ya te digo hermano, esta vida no se aguantaría…

-Listo señoras, se contaron todos los chimentos? Pregunta Gonzalo, sarcástico, mientras trae el siguiente pallet. A mover estos bultos y ahora vamos a contar en voz alta, así dejan de chusmear un poco.

-Me da una ganas de partirle la cara a este idiota… sopla Fernando entre dientes… ¿y la historia?

-Aguantá, susurra Miguel, que con sus quince años de experiencia en el rubro, ya está acostumbrado al mal trato. Después tomamos una birra y te sigo contando.