• 21/05/2024 01:49

Múltiples Existencias: La Pela (de Manuel Diaz)

Hacía varias semanas que venía entrenando cuerpo y mente para la pelea. El cuerpo, claro, cuatro horas por día: resistencia, lucha, fuerza y estiramientos. La mente, también, estudiando las técnicas, sus nombres y sus significados, la historia y la filosofía de los grandes maestros del jiujitsu. Porque siempre fue una búsqueda espiritual, una escapatoria en mi vida insulsa. En fin, estaba preparado.
Cuando entré en el octágono, las luces me encandilaron. El silencio de la gran sala vacía me sorprendió. Pelear sin público, que raro. Sin los gritos de la gente, se escucha más lo que pasa adentro. La respiración, el calor de los impactos, el dolor.
El primer golpe, en la mitad del primer asalto, me hirvió la sangre. Que te peguen en la cara tiene la virtud de despertar algo; es como una campana que enciende tu instinto de sobrevivencia. Todo se activa. La visión se agudiza. Se escucha todo. El tiempo pasa más lento. Otro control sobre los acontecimientos. La adrenalina al mando.
Tuve mi oportunidad en el segundo asalto. Esquivé su izquierda y le di justo en el mentón, hacia arriba. Él estaba con un pie levantado, por eso perdió el equilibrio y cayó de costado. Me precipité sobre él y le golpeé tres veces a la cara antes que pudiera cerrar su media guardia. Mi pierna derecha quedó presa. Acostado sobre él, buscaba su cuello mientras él acomodaba su llave de pierna sobre mi rodilla. Yo no podía acceder a su puto cuello, al tiempo que él empezaba a apretar mi pierna cada vez más fuerte. El dolor se hizo inaguantable y tuve que renunciar a esta posición que me daba ventaja. Empujándole hacia abajo, salí de su media guardia y me levanté, para empezar todo de nuevo.
Después, estuvo todo más o menos parejo. Le pegaba, me pegaba. Yo más que él. No llevé la cuenta, pero sé que le gano si terminamos por puntos, si nadie somete al otro antes de la campana del último asalto. Luego vino el cansancio. Eso conozco. Cuando te cuesta hasta levantar el brazo. Al mismo tiempo, y es raro, duele cada vez menos. Sentís el punto de dolor pero lo tomas como una señal del cuerpo. Un aviso. Te recuerda que los músculos y los tejidos tienen sus límites, y que este límite se viene acercando.
Por fin estamos en el último asalto y ya no duele más nada. Es solo cuestión de resistir, mantener la atención, defenderse hasta el final. Sé que si aguanto, voy a ganar por puntos. Pero una contractura en el muslo me persigue desde esa puta llave de mierda que me hizo al principio, hace una eternidad de eso.
Ahora fue él que me derribó. Estoy en el piso y él está encima de mí. Me aplasta con todo su peso. Me cuesta respirar. Con dificultad logro cerrar mi guardia con mis piernas alrededor de su cadera. No va a poder escapar. Tengo que resistir.

  • ¡Aguantá, boludo, aguantá! – me grita el Mono desde afuera.
    Él ve el tiempo que queda. Yo no sé cuánto falta para terminar.

No sé cómo paso, pero el hecho es que siento su brazo sobre mi cuello. Veo las estrellas, me cuesta respirar. Calma, sólo hay que aguantar, por puntos gano. Solo hay que esperar a que termine el tiempo. Cuanto tiempo falta mierda, la puta que lo pario, no puedo respirar. Si abandono, golpeando al piso, se acabará todo y podré descansar. Pero tengo que aguantar.
No siento más dolor. No siento mi cuerpo. Solo la falta de aire. Que rara esa sensación: puedo pensar perfectamente, pero no puedo mover ni un dedo. El otro no se mueve, hijo de puta, tan pesado.
Aguantar un poco más. Los gritos del Mono, mi entrenador, se pierden cada vez más lejos. ¿Por qué me gusta eso? Pelear, digo. ¿Por qué no hice crochet? Me rio por dentro.
No veo más nada. No siento nada. Se hace un silencio lúgubre. La presión sobre mi pecho desaparece. Escucho gritos a lo lejos. Pero el aire no entra. Se me apagan las luces. Que rara sensación: no siento más mi cuerpo, pero todavía puedo pensar. Todo está yendo muy rápido. Ahora entiendo que mi vida termina acá. Se acabó. Mamá ¿Dónde estás?