• 18/06/2024 09:29

Múltiples Existencias: La Construcción – por Claudia Queiroz

Esta verde la tarde, verde musgo, supongo que formo parte, aunque no sé si soy yo, o es la tarde, lo mismo de siempre mientras se va la tarde. Se escuchan los ruidos de una construcción en el vecindario, el sonido cortante de una sierra, el girar permanente de la mezcladora, un pájaro intercede con su canto alborotado y desmiente toda mecánica eléctrica posado sobre un cable, un perro ladra más lejos, allá, donde pasa la gente en la calle.

Quisiera quedarme a vivir en esta tarde, así como está, cayendo el tiempo, cayéndome lento, pero chilla la sierra, se mezcla arena y cal, tengo que formar parte, construir alguna cosa que sobresalga en la inmediatez, soy la misma de siempre sin ser la de antes, quiero la que podría ser y todas las que no fui, vienen buscarme.
Una nena se rebela a su niñez, sube a una silla, se ríe, recita un verso madre, la aplaude su padre, estaba la luna comiendo aceituna, ganada la palabra está dispuesta a bajar de la silla pero sabe que si fuera por ella no hubiera recitado aquel verso, sino otro que nombre de una las estrellas y pega el salto y vuelve a tierra.
Un cajón de juguetes no le ofrece nada nuevo, se sienta en el suelo a revolver lo de siempre, encuentra de pronto un pedazo de tiza y quiere un pizarrón, imagina que escribe rataplán, chirivín, borombombón y comienza a nevar en su dibujo de lugar remoto, todo se cubre como de algodón, hay detrás una montaña llamada Tupungato y en el valle del Tupungato pastan ovejas blancas y crecen árboles de manzanas rojas. Hace con la tiza redondeles en el piso, muda la imaginación a la sabana africana y saca de los redondeles unas líneas largas que dibujan extraños cuellos de jirafa.

La miro sin nostalgia, la nena dice, vamos, le digo que no voy, y ella protesta ¡Pucha! Si sabía ni venía ¿Ahora qué voy a hacer con lo que tengo en la imaginación?

Todas las que no fui, las que pude ser, siguen en fila esperando la tarde, la nena duerme y despierta muchacha de veintiocho años, noviembre jazmín, sabe que son las cinco y cuarenta y cinco pero apenas lo sabe se estanca el minuto, le deja clavados sus veintiocho, estáticos, fijos, se desespera, me pide ayuda, tiene que estar a las nueve, tiene que ir, no sabe cómo llegar con los minutos clavados, llevame, me ruega, y yo, quisiera, pero se me va la tarde sin sobresalir.

La siguiente de la fila da un paso adelante de treinta y tres escalones, cuenta que viene de dar una vuelta, el verde musgo, dice, viró en la esquina a celeste de hortensias florecidas, no pudo contenerse y golpeó la puerta. Una construcción caótica de adornos encimados le tapó la cara con doble mantel, le picaron puntillas en la nariz, estornudó una estatuilla de cerámica donde una dama de enaguas atajaba un cántaro sobre la cadera.

La que estaba detrás esperando turno se abrió espacio entre los trastos de la buhardilla, apareció enrulada color zanahoria, los ojos de la Taylor, una vincha ancha tejida al crochet y un cigarrillo extra large fumado con boquilla. Arrugas y pulseras, arrugas y collares, arrugas en los dedos y veinte anillos que contaba con descaro eran promesas de amantes suspendidos por tiempo indeterminado. Nos sirvió el té a todas las que no fui, pero todavía quisiera ser, se puso a tocar el piano y me dio la espalda con una pirouette.

Está azul negra la despedida de la tarde, ya no chilla la sierra ni mezcla la mezcladora, tengo que conseguir para construir mañana, sesenta bolsas de cal y una carga de arena.